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lunes, 2 de enero de 2012

Periodismo a vida o muerte

Tres mujeres valientes. Tres reporteras de El Diario de Ciudad Juárez –Rocío Gallegos, Luz del Carmen Sosa y Sandra Rodríguez– han revolucionado junto con otros colegas el periodismo mexicano, el periodismo de periodistas, no de empresarios. En Ciudad Juárez, el territorio del feminicidio, el gran escenario del crimen de México.

“Es fea la zozobra que sientes cuando a la mañana siguiente piensas que saldrá la edición impresa y no sabes que te puede pasar horas después”, dice Lucy Sosa, reportera como se dice aquí de la “fuente policiaca”. Heredó el puesto de un compañero asesinado, Armando Rodríguez. Amenazado en febrero de 2008, muerto en noviembre de ese año. Sosa ha llegado a cubrir 20 asesinatos entre las siete de la mañana y las tres de la tarde de un día, tres funerales en otra jornada cualquiera.

“Muchas veces los sicarios rondan la escena del crimen y piden a los fotógrafos que hagan zoom sobre los cadáveres para asegurarse de que el enemigo está muerto”, cuenta Sandra Rodríguez. “Soy pesimista sobre las medidas de protección”, añade, “un chaleco antibalas no para unos cuernos de chivo (un fusil de asalto AK 47)”.

“Dicen que somos corresponsales de guerra. No es así. Nosotras no sabemos quién lucha contra quién ni dónde está el frente”, dice Rocío Gallegos, que coordina al equipo de 14 reporteros del diario. “Un día mi familia me sentó en el salón de mi casa y me dijo: estamos en riesgo por ti pero estamos contigo”, continúa. “En la redacción hay momentos de llanto inexplicable y también de choques, de peleas entre nosotros”.

La violencia estalló de forma incontrolable en Ciudad Juárez a comienzos de 2008. El cartel de Sinaloa, que dirige Joaquín, el Chapo, Guzmán, comenzó a disputar la plaza al cartel de Juárez. Nueve mil muertos en el Estado de Chihuahua (norte de México) en tres años, 6.000 en Ciudad Juárez, de 1,3 millones de habitantes. Solo un 3% de los casos ha sido investigado. Matar no parece tener consecuencias en esta parte del mundo.

En septiembre de 2010 fue asesinado otro periodista del diario, Luis Carlos Santiago. Su muerte motivó un editorial, titulado ¿Qué quieren de nosotros? el día 16 de ese mes. Un grito de impotencia y una llamada de auxilio frente al narco que dio la vuelta al mundo.

La violencia cambió la forma de hacer periodismo, las fuentes se secaron por miedo. Se sacrificaron la exclusividad y las firmas. Publicar este vídeo o aquella pancarta era de alto riesgo. Como lo era levantar el teléfono. Se decidió trabajar en equipo con la competencia.  Reporteros y fotógrafos llegan juntos al lugar del crimen y se retiran juntos.

Decidieron seguir adelante convencidas de que “el mejor blindaje es seguir investigando” qué hay detrás de los homicidios pese a que las autoridades negaran el acceso a la información, los militares no reconocieran las credenciales de prensa y las compañías de seguros arrastraran los pies a la hora de dar cobertura a los reporteros. Crearon un banco de datos de los asesinatos: la violencia se concentra en las zonas más pobres de la ciudad, la mayoría de las víctimas es menor de 25 años y las balas que matan son generalmente disparadas por AK-47. Su firmeza ha devuelto la confianza en la prensa a los habitantes de Ciudad Juárez. Las familias recurren a los periodistas para encontrar a su muertos, para buscar a sus desaparecidos.

El número de muertes ha descendido en los últimos meses. El Chapo ha ganado pero la impunidad se mantiene. ¿Por qué seguir entonces? “Llegué a Ciudad Juárez hace 21 años”, explica Rocío Gallegos, “y tengo el compromiso conmigo misma como periodista se contar lo que ocurre, quiero que mis hijos crezcan en una ciudad mejor”. Sandra Rodríguez, que en febrero publicará Juárez, fábrica del crimen (Planeta), responde con pasión de periodista: “Mis compañeros de El Paso (Tejas), que es una ciudad muy segura, se vuelven locos para encontrar historias”.

(Luis Prados. El País)

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